Comentario crítico al libro Decrecimiento, de Giorgos Kallis, Federico Demaria y Giacomo D’Alisa
Introducción
No es un libro “sobre” la crisis ecológica. Decrecimiento es un libro contra una civilización. Contra su mito fundacional, contra su fe más íntima y menos discutida: la creencia de que crecer —siempre crecer— es sinónimo de vivir mejor.El gesto más radical del decrecimiento no consiste en advertir que el planeta tiene límites. Eso ya lo sabemos. Su potencia está en otro lugar: poner en cuestión el carácter casi religioso del crecimiento, su función como dogma incuestionable del capitalismo contemporáneo. En este sentido, el decrecimiento no es una política económica alternativa: es una herejía civilizatoria.
La utopía del crecimiento infinito
Uno de los pasajes más incómodos del libro —retomando a André Gorz— invierte el sentido común dominante. La utopía no sería imaginar una sociedad que viva con menos, sino persistir en la fantasía de que el crecimiento puede seguir garantizando bienestar en un mundo finito.
Creer que el aumento indefinido de la producción social traerá “superbienestar” no es realismo económico: es negación ideológica. El crecimiento aparece así como una promesa que ya no puede cumplir lo que promete, pero que sigue funcionando como mandato.
El crecimiento como colonización del deseo
El libro va más allá de la crítica al PIB. Lo que pone en cuestión es algo más profundo: la colonización de la imaginación social. El crecimiento no es solo una variable macroeconómica; es una pedagogía de los deseos, una moral implícita, una forma de disciplinamiento subjetivo.
Por eso los autores insisten: el decrecimiento no equivale a una simple baja del producto. No es austeridad, ni sacrificio, ni pobreza planificada. Es la liberación de una obsesión productivista que ha reducido la vida humana a producir, consumir y descartar.
Crecimiento, dependencia y pérdida de autonomía
Uno de los núcleos filosóficos más potentes del libro aparece cuando vincula crecimiento y heteronomía. Apoyándose en Castoriadis e Ivan Illich, el texto muestra una paradoja inquietante: cuanto más poderosa se vuelve la sociedad en términos tecnológicos y productivos, más impotente se vuelve el individuo.
La sociedad del crecimiento fabrica sujetos dependientes, no autónomos. Dependientes de sistemas técnicos que no controlan, de expertos que deciden por ellos, de mercados que dictan necesidades. El crecimiento no expande la libertad: la administra.
Decrecimiento, convivialidad y justicia social
El decrecimiento no propone una vida triste o empobrecida. Propone otra idea de riqueza. Frente al consumo compulsivo, recupera el valor del vínculo, del tiempo compartido y de la suficiencia.
Aquí el libro toca una fibra política central: no hay justicia social posible sobre una base productivista infinita. No hay redistribución sostenible si el sistema necesita crecer sin límite para existir.
El decrecimiento como conflicto político
El libro rechaza las soluciones tecnocráticas. El decrecimiento no puede ser administrado desde arriba por expertos sin reproducir la misma lógica que llevó a la crisis. Delegar los límites en la tecnociencia sería abrir la puerta a una forma de autoritarismo ecológico.
El decrecimiento exige deliberación democrática, conflicto y reapropiación de lo común. Exige política.
Una idea clave para pensar el decrecimiento
Tal vez el espíritu más profundo del libro pueda condensarse en esta frase:
La verdadera pobreza no es tener poco, sino no poder dejar de desear lo que nos destruye.
Ese es el nervio del Decrecimiento: no propone una sociedad más pobre, sino una sociedad menos sometida. En tiempos de crisis ecológica y agotamiento social, el libro se anima a decir algo profundamente subversivo:
vivir mejor puede significar producir menos.

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