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Argentina como plataforma: el país que imaginan los dueños

 Una lectura política de El país que quieren los dueños, de Alejandro Bercovich, para pensar la renuncia de la clase dominante, el extractivismo como forma de poder y la disputa por la democracia en la Argentina actual.



Leer El país que quieren los dueños, de Alejandro Bercovich, no es solo una forma de informarse sobre el poder económico en la Argentina. Es, sobre todo, una invitación a mirar una imagen incómoda: la imagen de país que se construye —consciente o inconscientemente— en la cabeza de quienes concentran la riqueza y los resortes decisivos del poder.

No se trata de un plan escrito ni de un programa explícito. Se trata de un imaginario de destino. Una forma de pensar la Argentina, su lugar en el mundo y su relación con su propio pueblo. Ese es uno de los mayores méritos del libro: no se queda en la coyuntura ni en la denuncia puntual, sino que intenta reconstruir qué país imaginan los dueños y qué están dispuestos a hacer para imponerlo.

La renuncia que no es retirada

Lo que aparece con claridad en el recorrido que propone Bercovich no es una burguesía confundida ni un proyecto nacional frustrado. Aparece algo más grave: una clase dominante que renunció a conducir el país como comunidad política, pero que no renunció al poder.

La renuncia no es pasiva ni melancólica. Es una decisión histórica. Renuncia a un proyecto autónomo, inclusivo y nacional, pero no a la dominación. En términos gramscianos, la burguesía argentina fue históricamente una clase dominante, pero nunca logró consolidarse como clase dirigente. Nunca pudo —o nunca quiso— construir una hegemonía capaz de integrar a las mayorías sociales en un proyecto común.

Ese límite fue pensado por Juan Carlos Portantiero como un empate hegemónico: una relación de fuerzas en la que ni el capital ni el trabajo lograban imponerse de manera duradera. Frente a ese empate, había dos caminos posibles: ampliar la hegemonía integrando o romper el equilibrio.

La fracción dominante del capital eligió lo segundo.

Importar poder para romper el equilibrio

Pero romper ese empate desde adentro implicaba costos políticos y sociales que la burguesía local no estuvo dispuesta a asumir. Ahí aparece una de las claves más inquietantes del libro: la alianza con el capital transnacional como estrategia de poder.

La renuncia a un proyecto nacional no deja un vacío. Habilita una salida. La clase dominante transnacionaliza su capital, extranjeriza activos, fuga recursos y se subordina a poderes económicos globales que no tienen compromisos históricos ni culturales con el país. Desde esa alianza, vuelve a gobernar el territorio con una lógica más dura, más violenta y más disciplinadora.

No se trata de “usar” al capital transnacional con astucia nacional. Se trata, más bien, de importar fuerza para quebrar resistencias internas y romper equilibrios históricos.

El extractivismo como forma de pensar el país

En este punto, la metáfora del extractivismo resulta clave. Pero no solo en sentido económico. No se trata únicamente de petróleo, gas, litio o soja. Se trata de una forma extractivista de pensar la Argentina.

El país deja de ser una nación a conducir y pasa a ser un reservorio de recursos a explotar. Un territorio a vaciar. Una plataforma de negocios. En esa lógica no hay proyecto productivo de largo plazo, porque no hay voluntad de desarrollo. No hay proyecto social, porque no hay interés en integrar. No hay proyecto cultural ni simbólico, porque no hay un “nosotros” que valga la pena construir.

No hay etos de la tierra.
No hay destino compartido.
Hay cálculo, rentabilidad y fuga.

El saqueador está adentro

La extranjerización del capital —que el libro documenta con precisión— es la prueba final de esta ruptura. Quien no deja su capital en el país, quien no ata su futuro al territorio, quien educa a sus hijos y proyecta su vida afuera, ya no se piensa como parte de esta comunidad, aunque siga viviendo en ella.

La relación con la Argentina se vuelve instrumental, casi colonial. El país es tratado como tierra ajena. Y ahí aparece una imagen tan incómoda como certera: el saqueador no siempre viene de afuera; muchas veces está adentro del propio territorio, pero piensa como extranjero.

Democracia o botín

Por eso El país que quieren los dueños no habla solo de economía. Habla de democracia. Porque un modelo extractivista no necesita consenso, no necesita ciudadanía activa ni derechos. Necesita orden, previsibilidad y disciplina. La democracia popular aparece entonces como un obstáculo, no como un valor.

La pregunta que deja abierta el libro no es únicamente qué país quieren los dueños. Esa imagen queda bastante clara. La pregunta más urgente es qué país estamos dispuestos a disputar cuando quienes concentran el poder ya no quieren conducir, sino extraer.

Leer este libro es un primer paso para romper esa naturalización. Para volver visible un proyecto que suele presentarse como inevitable. Y para recuperar una pregunta decisiva: quién conduce, para quién y en nombre de qué comunidad.

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