Hay palabras que usamos todos los días sin pensarlas, como si vinieran ya masticadas por el sentido común. Basura, por ejemplo. Tiramos basura, vemos basura, nos molesta la basura. Pero, ¿qué decimos realmente cuando decimos basura? ¿Qué diferencia hay entre eso, un residuo o un desecho?
La primera vez que me detuve a pensarlo fue frente a una bolsa goteando en la vereda. Me pregunté por qué ese objeto que horas antes podía tener algún valor —una botella, una caja, una comida— se había convertido en algo tan ofensivo que debía ser retirado cuanto antes. Como si el simple acto de descartar transformara la naturaleza de las cosas.
Las palabras no son inocentes. “Basura” suena a suciedad, a lo que no vale, a lo que estorba. Tiene ese tono visceral, casi moral. No por nada, en más de una esquina, lo que más molesta no es el residuo, sino su presencia fuera de lugar. Hay una idea de orden que se ve desafiada por la basura.
En cambio, “residuo” es una palabra más técnica, más neutral. Viene de lo que queda, lo que sobra, pero no necesariamente lo que molesta. El residuo puede gestionarse, separarse, incluso valorizarse. A veces, hasta se lo celebra: hablamos de economía circular, de reciclaje urbano, de reuso. El residuo entra en un nuevo ciclo; la basura queda fuera del mapa.
“Desecho”, por su parte, tiene algo de sentencia. Es lo que fue descartado, lo que se eligió dejar afuera. No es casual que hablemos también de “sociedades del descarte”, y no sólo en relación a objetos. Ahí hay una frontera peligrosa: cuando la lógica de lo desechable se aplica también a las personas, a los vínculos, a las historias. La cultura del desecho no se limita a lo material; es una forma de mirar el mundo.
Es en esa diferencia sutil entre basura, residuo y desecho donde se cuela algo más que una cuestión semántica. Hay una visión del mundo, una ética. Nombrar las cosas de un modo u otro tiene consecuencias: habilita o impide ciertas prácticas. Si todo es basura, ¿para qué separar? Si es residuo, tal vez sea recurso. Si es desecho, ¿quién decide qué se descarta y qué se conserva?
Hay una lógica extractivista que no se limita a la tierra o al petróleo. También se cuela en nuestro lenguaje. Extraemos valor, usamos y tiramos. Lo que ya no sirve, se convierte en estorbo. El problema no es solo lo que hacemos con los objetos, sino cómo construimos sentido alrededor de lo que dejamos atrás.
Tal vez por eso, en algunas cooperativas de reciclaje urbano en Argentina, se habla con orgullo de trabajar con residuos. No con basura. Es una forma de reapropiarse del lenguaje, de resignificar lo descartado. De decir que no todo lo que se tira, se termina. Que hay segundas vueltas, incluso en lo que el sistema ya no mira.
No se trata de volvernos puristas del lenguaje, ni de vivir pesando cada palabra. Pero sí de reconocer que, en esa delgada línea entre lo que tiramos y lo que recuperamos, hay más que objetos: hay valores, hay ideas, hay mundo.

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