Vivimos en sistemas sostenidos por estructuras complejas de poder. Muchas de esas estructuras no se ven: están hechas de prejuicios sociales, de juicios previos, de sentidos comunes que se naturalizan. Así como nadie se pregunta si camina por la calle o por la vereda, tampoco solemos pensar qué pasa con nuestros residuos. Damos por hecho que desaparecen, sin pensar en su recorrido. Lo mismo ocurre con lo que arrojamos por el inodoro: apretamos un botón y lo olvidamos.
La basura, los desechos, los residuos en Argentina están cargados de significados ocultos. Pocas personas se preguntan por el destino de lo que tiran, como también se acepta sin más que "residuo" sea igual a "basura". Detrás de esta equivalencia se esconden estructuras de invisibilización, donde ciertas tareas, cuerpos y territorios son sistemáticamente relegados al fondo del sistema.
Infraestructura urbana y prejuicio
Nuestra vida cotidiana está atravesada por entramados técnicos y simbólicos que apenas reconocemos. El sistema cloacal, el circuito del reciclado urbano, la gestión de residuos: todos forman parte de una red hipercompleja, sostenida por millones de pesos, por ingeniería y trabajo social. Pero al no ser visibles, no se interrogan. Los prejuicios funcionan como dispositivos de poder que nos impiden ver esas estructuras.
Como decía un viejo pensador, "lo hacen, pero no lo saben". Esa frase podría aplicarse al modo en que reproducimos, todos los días, prácticas sociales que sostienen el funcionamiento de lo urbano sin reflexionar sobre ellas. Y lo más grave: muchas de esas prácticas están atravesadas por formas de discriminación estructural.
Las cloacas de la civilización
¿Quién piensa en el recorrido de un buche de agua del lavado de dientes? Ese gesto mínimo ilumina una red invisible: cañerías individuales, colectivas, barriales, hasta llegar a un sistema cloacal que reúne desechos de toda una ciudad. Esa red forma parte de lo que podríamos llamar la cloaca simbólica de la civilización, ese lugar donde mandamos lo que no queremos ver.
Lo mismo ocurre con la basura. La pata de pollo que tiramos, el papel, el cartón, terminan en una cadena de actores: el portero, los vecinos, los contenedores, los cartoneros, los camiones, los centros verdes, el CEAMSE. En cada eslabón, hay trabajo, cuerpos y decisiones políticas. Pero todo queda oculto bajo la idea de "lo que se tira". Lo enterrado, lo quemado, lo que se quiere borrar.
Negro, basura, mierda: prejuicios que estructuran
Hay palabras que operan con fuerza simbólica. Negro, mierda, basura. En sus combinaciones encontramos expresiones violentas, discriminatorias, que refuerzan estigmas: "qué basura el negro", "negro de mierda", "es una mierda de persona". Estas frases condensan siglos de prejuicio.
En ese barro simbólico nacen los nombres con que se ha intentado humanizar oficios despreciados: cirujas, carreros, cartoneros, hoy recuperadores urbanos. Todos trabajan con el despojo, con lo que sobra, con lo que la sociedad no quiere ver. Y sin embargo, su tarea es esencial: sin ellos, las ciudades colapsarían.
El reciclaje urbano como práctica política
Pensar desde los bordes, desde los prejuicios, nos permite abrir una mirada crítica. El trabajo con residuos, lejos de ser una tarea menor, nos confronta con preguntas profundas:
¿Por qué miles de personas viven de lo que otros tiran?
¿Por qué hay que revalorizar las sobras de los que más tienen?
¿Por qué sentimos asco ante una bolsa de basura, pero no ante el desperdicio estructural del sistema?
Estas preguntas nos invitan a pensar el reciclaje urbano como una praxis política transformadora, que tensiona el lugar del residuo, del trabajo manual, del barrio pobre, del cuerpo marginalizado. Y, en paralelo, nos obliga a mirar quiénes se enriquecen con la gestión de residuos: empresas privadas, familias poderosas, mientras los municipios invierten poco o nada en soluciones estructurales.
Violencia estructural y naturalización
Los prejuicios no son solo ideas. Son estructuras simbólicas que sostienen la violencia social. El desprecio hacia quienes trabajan con residuos se basa en una doble operación: naturalización (es normal que alguien lo haga) y desprecio (pero que no se vea). Así, se instala una lógica perversa: se invisibiliza al trabajador y se consagra al consumidor como el modelo exitoso.
En esa lógica, los que más consumen (y por ende más residuos generan) son los más valorados. Mientras tanto, quienes recogen esos residuos viven en barrios marginalizados, sin derechos laborales plenos y con escaso reconocimiento social.
Una arqueología del presente
Pensar los residuos no es un ejercicio moralista. Es una arqueología del presente. Una forma de desenterrar lo que escondemos debajo de la alfombra. Porque en el tratamiento que damos a la basura, a los cuerpos que la recolectan, a las palabras que usamos para nombrarlos, se juega nuestra idea de humanidad.
Basura, mierda, negro: no son solo palabras. Son figuras simbólicas del desprecio. Y al mismo tiempo, son los nombres de una posibilidad de transformación. Porque en esos márgenes, en esos oficios despreciados, está también el germen de una ética distinta.
Conclusión: ampliar el campo de lo humano
Romper el prejuicio no es un gesto superficial. Es una apuesta ética. Implica ampliar el campo de lo humano, transformar nuestras formas de ver, de nombrar, de vincularnos. Es también restituir el valor del trabajo de quienes evitan que el mundo se inunde de desechos, aún cuando vivan ellos mismos en los márgenes del sistema.
No se trata solo de residuos. Se trata de cómo tratamos a quienes sostienen lo que desechamos. De si somos capaces de construir una sociedad que vea, en lo más oscuro del tacho, una verdad sobre quiénes somos. Y una posibilidad —aún frágil, pero real— de emancipación.

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