¿Puede el cartón enseñarnos a pensar la sociedad? Una reflexión crítica y poética sobre el trabajo reciclador y su potencia política en América Latina.
Este artículo es una reseña crítica del libro Recicloscopio
II: miradas sobre recuperadores, políticas públicas y subjetividades en América
Latina, compilado por Francisco Suárez y Pablo Schamber. A través de sus
páginas, se despliega una mirada profunda sobre el reciclaje como fenómeno
social, político y filosófico en nuestra región.
De lo
invisible a lo común: el cartón como umbral político
¿Qué nos dice la basura sobre cómo vivimos?
¿Qué revela el cartón, desparramado en esquinas o apilado en carros, sobre lo
que valoramos y lo que rechazamos? Recicloscopio II, más que un libro
académico, es un mapa sensible del reciclaje en América Latina. Y también una
invitación a pensar.
Lejos de ser un simple actor económico, el
reciclador emerge como figura simbólica. Trabaja con lo que el sistema desecha.
Hace visible lo que se quiere ocultar. Transforma el descarte en sustento. Y en
ese gesto, que muchos desprecian y otros romantizan, se abre un portal para
interrogar el presente: ¿quién define qué es residuo y qué es recurso? ¿Qué
vida merece dignidad?
Trazos de
una historia: institucionalización, inclusión, tensión
El libro documenta avances significativos:
marcos legales, planes de inclusión social, surgimiento de plantas sociales,
foros multisectoriales. Estos procesos ayudaron a visibilizar a los
recuperadores urbanos y reconocer su aporte a la gestión ambiental.
Sin embargo, los logros vienen acompañados de
tensiones. Muchas veces, el reconocimiento formal no mejora las condiciones
materiales de vida. Hay una distancia entre ser nombrado por el Estado y ser
integrado plenamente. Y existe el riesgo de que la llamada inclusión sea solo
funcional: un reciclador útil al sistema, pero sin poder real.
Esa tensión recorre todo el libro. Y es clave
para una lectura crítica que no idealice ni ignore las contradicciones que
atraviesan al sector cartonero.
Acariciando lo áspero: el reciclador como figura filosófica
Hay algo profundamente filosófico en el gesto
del reciclador. No por erudición, sino por encarnación. El reciclador es quien
acaricia lo áspero: toca, clasifica, transporta lo que el resto no quiere ver.
Ahí, en esa fricción con lo que se descarta, aparece una forma de pensar desde
abajo.
Acariciar lo áspero no es romantizar la
precariedad. Es mostrar que hay una sensibilidad que se forma en la dureza. Que
hay ética en sostener lo que se cae. Que en ese vínculo con el residuo, el
reciclador no solo sobrevive: también interpreta el mundo.
Su trabajo es una arqueología urbana del
presente. Cada objeto recogido es una huella de lo que fuimos y de lo que
queremos esconder. Y en ese rescate, a veces, se construye comunidad: no la de
los contratos y los planes formales, sino la del encuentro entre cuerpos que
comparten la intemperie.
Preguntas
que incomodan: críticas necesarias
Recicloscopio II evita los
lugares comunes, pero hay aspectos que merecen mayor profundización. ¿Qué pasa
cuando la cooperativa reproduce desigualdades internas? ¿Qué conflictos existen
entre autogestión y tercerización estatal? ¿Cómo operan las diferencias de
género dentro del sector?
Además, hay una pregunta estructural: ¿hasta
qué punto los programas de inclusión transforman las condiciones de fondo? ¿O
son apenas paliativos que normalizan una economía del descarte, donde el
reciclador es útil mientras no moleste demasiado?
Estas preguntas no deslegitiman el valor del
libro. Lo enriquecen. Porque no hay construcción política sin crítica. Y no hay
justicia social sin incomodidad.
Pensar con
la basura: política, cuerpo y comunidad
La basura no es solo un problema ambiental: es
un síntoma cultural. Revela qué vidas importan, qué economías se sostienen, qué
cuerpos cargan con los restos del sistema. En ese sentido, pensar con la basura
es pensar con quienes la trabajan. Y eso implica cambiar de perspectiva.
El reciclador, lejos de ser un eslabón menor,
puede ser una figura clave para una transición ecológica justa. Porque no
propone soluciones tecnocráticas. Propone un modo de habitar el mundo desde el
límite. Con conciencia material, con la piel curtida por el esfuerzo, con el
saber que nace de tocar lo que arde.
Una
pregunta final (que quizás sea el inicio)
¿Y si no fuera el reciclador el que debe
integrarse a la sociedad, sino la sociedad la que necesita aprender a
reciclarse desde el reciclador?
En esa inversión puede estar la clave para
imaginar una política más humana, una economía más circular, y una comunidad
más consciente de su fragilidad y su potencia.

Comentarios
Publicar un comentario