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El goce de la crueldad y sus límites: reciclaje con inclusión, cartoneros y un debate incómodo en la Ciudad

 


Por Alejandro Gianni

¿Puede una decisión aparentemente técnica revelar una visión profunda sobre cómo se concibe el orden urbano y social? Hay decisiones que parecen administrativas pero en realidad son profundamente políticas. Esta semana, el intento del gobierno porteño de suspender el transporte gratuito para los recicladores urbanos de la Ciudad de Buenos Aires nos devuelve a un dilema que creíamos superado: ¿cómo entendemos el trabajo de los Recuperadores Ambientales (cartoneros)? ¿Como un problema a erradicar o como parte de una solución que se construyó con esfuerzo colectivo?

Desde hace más de veinte años, las y los recuperadores urbanos no solo han sido protagonistas de una política pública que combinó inclusión social y cuidado ambiental, sino que han tenido un rol central en la construcción de un sistema de recolección alternativo basado en el reciclaje inclusivo. Un sistema que, además de integrar a quienes estaban excluidos, ha demostrado ser más eficaz que el modelo tradicional: en estos años, las cooperativas multiplicaron por mucho la cantidad de kilos recuperados que antes terminaban enterrados en el CEAMSE, contribuyendo a una gestión de residuos más eficiente y alineada con los principios de economía circular. No se trata solo de justicia social, sino de resultados concretos en materia de gestión ambiental.

La decisión de suspender su traslado gratuito no es menor. No afecta solo al ingreso de más de 6.000 trabajadores y trabajadoras –en su mayoría mujeres, muchas de ellas jefas de hogar–, sino que interrumpe la logística de todo un modelo urbano que funciona gracias a su presencia cotidiana. Las rutas, los centros verdes, la separación en origen… todo depende de que quienes hacen este trabajo puedan llegar. Sin ellos, lo que era material reciclable vuelve a ser basura.

Los argumentos oficiales hablan de eficiencia, de optimizar recursos. Pero hay una eficiencia que no solo se mide en dinero sino en convivencia, en dignidad, en sostenibilidad. ¿Qué tan eficiente es una ciudad que recorta el trabajo más limpio y silencioso que tiene? ¿Qué tan eficiente es dejar que el cartón se acumule en las calles mientras se criminaliza al que intenta levantarlo?

Además, lo que se debilita no es solo un servicio, sino una política pública que costó años construir. El Centro Verde de Barracas, el más importante de la ciudad, permanece sin reconstrucción desde el incendio sufrido en 2023. A ello se suma el deterioro sostenido del resto de los centros verdes, sin mejoras significativas en su infraestructura, en un contexto donde el sistema necesitaría más inversión, no menos. El deterioro de las condiciones laborales, el desfinanciamiento progresivo, el retorno de controles policiales arbitrarios… son síntomas de una regresión. Y lo que está en juego no es solo la higiene urbana, sino la legitimidad de un modelo que alguna vez fue ejemplo.

Una ciudad verdaderamente limpia no es la que oculta la pobreza bajo la alfombra del marketing urbano. Bajo el lema de la limpieza urbana no se pueden sostener prácticas que atentan contra el trabajo digno ni justificar la discriminación, la segregación o el racismo hacia quienes realizan las tareas más invisibles pero esenciales. Es una ciudad que reconoce el valor del trabajo que otros no ven. Una ciudad limpia no es la que esconde el cartón, ni la que invisibiliza a los trabajadores que lo recuperan, sino la que los respeta y dignifica.

Tal vez la discusión sobre micros y traslados no mueva el amperímetro electoral. Pero sí revela una sensibilidad, o su falta. Y en esa falta, aparece también una dosis de crueldad: la de golpear a los sectores más vulnerables bajo argumentos de eficiencia. Porque si hay algo que debería enseñarnos el reciclado es que todo puede tener una segunda vida, incluso la política.

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