Una lectura crítica y filosófica del libro Recicloscopio I, que interpela el rol social del reciclaje y la figura del cartonero en América Latina.
Leer desde los márgenes: ¿qué dice el reciclaje sobre nosotros?
Hay libros que no buscan cerrar sentidos, sino abrir preguntas. Recicloscopio I, publicado en 2007 y ya un texto de referencia para quienes nos movemos en los bordes del sistema, es uno de ellos. No porque lo pretenda, sino porque lo logra. Como un espejo astillado, cada capítulo devuelve una imagen distinta de los recuperadores urbanos de residuos en América Latina: a veces heroica, a veces trágica, muchas veces contradictoria. Pero sobre todo humana.
Leí este libro desde la experiencia, pero también desde la sospecha. Porque hay algo que la escritura y la investigación social no pueden evitar: la tentación de ordenar lo que es por naturaleza caótico, lo que no entra del todo en los marcos teóricos ni en las planillas de datos. Y sin embargo, Recicloscopio no cae en esa trampa. Al contrario: reconoce la pluralidad, la ambigüedad, el ruido de fondo. No hay una sola figura del cartonero, hay muchas. No hay una sola forma de organización, hay redes, fugas, cooperativas, resistencias, silencios.
Una genealogía del descarte
Me conmovió leer el recorrido histórico de la actividad cartonera en Buenos Aires, desde los "raneros" de la Quema hasta la emergencia del Tren Blanco. Esa genealogía de lo invisible, ese linaje del descarte, muestra que el reciclador no es una invención de la crisis del 2001, sino una presencia anterior, estructural, casi constitutiva de la ciudad que se niega a mirarse en su basura. El trabajo con residuos, en ese sentido, aparece como un saber profundo, una tecnología popular que el Estado apenas reconoció cuando no tuvo otra opción.
Hay algo filosófico en esa figura: el reciclador es el que devuelve al mundo lo que el mundo arrojó. No se trata solo de una economía de la pobreza, sino de una forma de pensamiento materialista: cada cartón recogido es una afirmación silenciosa de que todavía hay algo para salvar. Frente a la obsolescencia planificada, el reciclador propone otra temporalidad, otro vínculo con lo roto. No arregla: reordena. No cura: resignifica.
La tensión entre inclusión y autonomía
El libro destaca, también, los procesos organizativos que fueron surgiendo a partir de la crisis, desde las cooperativas hasta los marcos legales como la Ley 992. Y aquí aparece una tensión que me parece central: la que existe entre la legitimación institucional y la autonomía de los recuperadores.
¿Qué pasa cuando el reconocimiento estatal viene acompañado de nuevas formas de control, de burocratización, de captura simbólica? ¿Hasta dónde puede una cooperativa funcionar como trinchera sin volverse administradora de precariedad?
Ahí el ensayo plantea, sin decirlo del todo, una pregunta incómoda: ¿la inclusión es siempre buena noticia? ¿O a veces es el modo en que el sistema se protege de aquello que podría cuestionarlo? La organización cartonera está llena de momentos de emancipación, pero también de tensiones internas, de disputas por la representación, de diferencias entre los que gestionan y los que arrastran el carro.
Más allá de Buenos Aires: el borde como punto de partida
También es potente el gesto del libro de mirar más allá de Buenos Aires. La comparación entre ciudades como Montevideo, Bogotá, San Pablo, Bariloche o Tucumán permite ver que no hay un solo modelo, ni un solo camino. Hay estrategias diversas, pero también hay algo en común: la lucha por el reconocimiento, por la dignidad, por no ser tratados como residuos. Esa lucha adopta formas distintas, pero nace del mismo lugar: el borde.
Dos imágenes, una filosofía del reciclaje
Hay dos imágenes que me quedaron flotando. Una, la del recolector como "arqueólogo de la ciudad": alguien que rebusca entre los restos para comprender lo que fuimos. La otra, más cotidiana, es la del lazo. Porque el libro muestra que el reciclaje no es solo una tarea individual: es una trenza de cuerpos, de saberes, de gestos compartidos. Hay comunidad en el acto de revolver una bolsa. Hay política en el modo de cargar un carro.
Recicloscopio I es un libro necesario, no porque tenga todas las respuestas, sino porque pone en juego las preguntas urgentes. No idealiza ni condena. Observa, escucha, y en ese gesto se vuelve valioso. Nos invita a pensar el reciclaje no como una técnica, sino como una práctica social que interpela el modelo de ciudad, de consumo, de Estado.
¿Y si la basura pudiera enseñarnos algo?
Tal vez por eso, al cerrar el libro, me quedé con una sensación extraña: mezcla de esperanza y de advertencia. Esperanza porque los cartoneros están ahí, sosteniendo una parte invisible del mundo. Advertencia porque no podemos seguir construyendo sobre ellos sin ellos, ni pensar políticas públicas que no partan de su voz.
¿Y si la verdadera modernidad no fuera mirar al futuro, sino aprender a ver lo que desechamos?

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